ARQUITECTURA

Del espacio público de calidad a la nostalgia por la realidad

Pequeñas anécdotas sobre las instituciones

Por Facundo Baudoin, Arquitecto, CEO de la consultora Baudoin Arquitectos C.A

Dos veces casi simultáneas, tuve oportunidad de ver y conversar con el antropólogo urbano Manuel Delgado Ruiz. Recién graduado y sediento de mundo, me cautivo su tono incendiario, sin entender mucho sus ideas. Acababa de leer a Alan Turing, y consulté su opinión sobre el concepto de tolerancia en el espacio público. La erupción no se hizo esperar. Mandando al traste mi pregunta, prosiguió afirmando que la tolerancia era el eufemismo de la nueva forma de exclusión del poder, diciendo más o menos: “Quién tolera, a quién, y bajo qué pretexto.” El auditorio entró en silencio, mientras disertaba acerca de la también contemporánea y benevolente aceptación de “la diversidad del tipo Benetton”, dentro de la cual todo era posible mientras te veas, huelas y andes bien, pues el problema: “no es la diferencia sino la desigualdad”.
“Yo exijo por encima del derecho a la diferencia, el propio a la indiferencia. Pero es que, si la diferencia es una obviedad, por qué tengo que reclamarla. A mí que me dejen tranquilo…” “Ni qué decir del espacio público, ese ni siquiera existe. ¿Alguien lo ha visto?, cuando ustedes salen de casa acaso dicen: ya vuelvo, voy al espacio público a dar una vuelta. Y si de paso es de calidad, estaremos a su altura. ¿Para quién es? Pueden estar seguros que si hacen un espacio público de calidad en sus barrios, vendrán otros muy guay, y terminan echándoles de casa.”
Lo primero que ocurrió después de su respuesta y el ardor fluorescente de mis orejas fue sentir el engaño de propio sentido de la ingenuidad. Al mismo tiempo sentí el vacío de no haber entendido las afirmaciones y negaciones respecto al espacio público; más aún siendo este un concepto nombrado por docentes durante toda mi carrera de arquitecto.
Hoy a más de una década y agradecido de la experiencia, trataré de explicar qué entiendo de lo enunciado por Delgado en aquel momento.
En las últimas tres notas de esta columna hemos ido describiendo la evolución de la ciudad llegando al urbanismo moderno. Quizás de manera sucinta deberíamos afirmar: que se trató de la secularización de la vida del hombre, tomando la ciencia como artefacto y teniendo el futuro como un objetivo de mejor semblante, con base en la comodidad siempre estupefaciente. Primero surgió el descubrimiento del corazón como bomba de la circulación de la sangre, a partir de allí las bondades del flujo del capital, la salubridad de avenidas, y el libre tránsito de vehículo cada vez más rápidos aunado a los ritos de festivales, como control de las masas en las calles. Aparece entonces el flâneur masculino que dominará los cafés (y pasajes enunciados por Walter Benjamín) que luego serán espacio público y nunca calle, pues esta será relegada a lo oscuro y algún tipo de mujer.
Pero no es que el concepto de espacio público no exista. Etimológicamente se trata de: un espacio de encuentro y discusión, listo. No tiene una referencia de cualidad más allá de la acción. Y es reciente (finales de los 80, principios de los 90) que la especulación urbana y arquitectónica de este término, ha buscado la RENOVACIÓN SOSTENIBLE de prácticas de los 50 en la erradicación de favelas, tugurios y barrios por novísimos proyectos urbanos arquitectónicos nacidos de la posguerra y exportados al mundo en desarrollo como una especie de limpieza facial. Renovaciones que vale decir no sólo eran un borrón y cuenta nueva sobre lo urbano y arquitectónico sino fundamentalmente sobre lo moral. Con el vehículo automotor como emblema moderno de ciudades sin aceras, el hombre omnipotente dominando el paisaje desde la arquitectura, el centro comercial como el único refugio de libertad de la mujer saliendo de compras y el paisaje de familias felices y perfectas como células de la sociedad ya fueran de clase media o vivienda social; esta última siempre acompañada de manuales de comportamiento y habitabilidad que llegaban a definir hasta la vestimenta.
Como los ejemplos lo demuestran, esto último fracasó. El urbanismo y la vivienda de altísima densidad como soporte de un manual de comportamiento del estado de bienestar y el también eufemismo del interés social, no pudieron conseguir la fórmula de gestión que borrase arrugas y el acné en la cara de la pobreza. Por el contrario, el flujo especulativo de capitales motivado por estos grandes proyectos no hizo más que propiciar en el éxodo urbano de población rural y reproducir el fenómeno de pobreza a mayor escala que la llamada solución.
Es así que, en el marco de la llamada sostenibilidad, de la reforma (que termina más siendo limpieza) de los centros históricos y urbanos se establece una denominación taxativa del espacio público y privado, so pretexto de una imagen novedosa y limpia de la ciudad sin marginalidad que la estropee y con todo el mejor empeño de la VANGUARDIA y la CULTURA de programas de museos y edificios de arquitecturas espectaculares que elevan el estatus de quienes habitan el lugar.
La transversalidad de la calle, la acera como la parte más democrática de las urbes y los recorridos del vecindario será el tabú del pacto inmobiliario. Pues precisamente lo que busca el espacio público es, coartar el accidente de lo urbano, la vida misma de quienes gestionan de manera mancomunada, aleatoria y también en discusión, el lugar que habitan. Ese lugar de la tradición que luego se vuelve exótica, ese lugar que en comunidad nos convoca, del encuentro efervescente de miradas circunstanciales, que sólo se repetirán una y otra vez en la memoria. Ese lugar de la revolución del pan, de la primavera, el devenir y lo impensable. Ese lugar que no es espacio público y menos calificable. Como la canción de Joan Manuel Serrat, que ironiza las diferencias en una noches coloreada e iluminada:
“Apurad
Que allí os espero si queréis venir
Pues cae la noche y ya se van
Nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
Que arriba mi calle
Se vistió de fiesta”

Para luego revelarnos que todo seguirá igual afirmando:
“Se acabó
El Sol nos dice que llegó el final
Por una noche se olvidó
Que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
Que arriba en mi calle
Se acabó la fiesta”

Así siempre ha sido y es LA CALLE el lugar de lo vívido, lo común, de la fiesta, del encuentro que desdibuja y recrea la ciudad y lo urbano como institución de lo inadvertido. La calle, es la mística belleza inapreciable a la que siempre regresamos, porque simplemente representa la urgente nostalgia por la realidad.

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