
“Domesticidad en guerra”
Durante un camping familiar en la costa, Carlos vive rumores de bombardeos y pánico colectivo; huye con su hijo hacia La Guaira, enfrentando incertidumbre, miedo y una inquietante normalización de la guerra.
Por Facundo Baudoin, Arquitecto, CEO de la consultora Baudoin Arquitectos C.A

Carlos es un habitante de La Guaira. Padre soltero, decidió pasar unos días en la costa después de Año Nuevo. Viajó con su hijo y con parejas de amigos a una playa llamada Rayito, un paraíso de aguas mansas y cristalinas. Llegaron el 2 de enero y acamparon, dejando un espacio central entre las cinco tiendas.
Alrededor, sin percatarse, había un grupo grande de carpas de funcionarios aparentemente policiales que, junto con sus familias, decidieron pasar las fechas en el mismo sitio. Uno de ellos tenía en su vehículo un equipo de música a todo volumen que empañaba la calma de la playa. Carlos afirma haberse sentido incómodo con el exceso; sin embargo, admite que en la playa suele ser así y lo acepta como normal.
Nos relata que, a las doce de la noche, no se oía nada más que el sonido profundo del mar: el común denominador descansaba. Alrededor de las 2:40 de la madrugada, comenzaron a escucharse voces de alerta. Personas hablando por teléfono como si los asuntos privados de cada conversación tuvieran la intención de hacerse públicos; como si todos hablaran de lo mismo y una crisis doméstica se hubiera vuelto colectiva. Parecía que lo impensable había ocurrido: habían bombardeado Caracas.
La carpa —un minúsculo iglú de membrana fina, creado para proteger y definir un pequeño territorio interior, privado, íntimo— ponía ahora a prueba su vulnerabilidad. Eran decenas de conversaciones, ya no de hombres festejando, sino de madres dirigiendo el desmontaje del campamento mientras, simultáneamente y por teléfono, parecían coordinar salidas, calmar familiares, averiguar. Se sentía la angustia de la incertidumbre, el rumor constante de conversaciones en voz alta.
Pensé para mis adentros que había que esperar, tener mayor claridad. Teníamos electricidad, datos y señal telefónica. En Caracas, pocos lugares parecían estar incomunicados; era un buen síntoma. Por el cielo pasaron aviones; aún era de noche y varios observábamos lo que parecían las huellas de sus turbinas. Ya se comenzaba a tener más conciencia de lo sucedido.
Eran las 3:30 a. m. y se rumoreaba que habían bombardeado Higuerote, La Guaira, Fuerte Tiuna, Miraflores. No era del todo claro. Rayito está en la costa, en sentido este-oeste, al lado de Chuspa, casi llegando a Higuerote, a unos treinta minutos. La Guaira queda en sentido contrario, a unas dos horas; de allí a Caracas, veinte kilómetros. Estábamos rodeados. En un lugar minúsculo cualquiera, a efectos de un bombardeo, éramos despreciables.
Ya quedaban pocos funcionarios. Sus Toyota LC desfilaron uno tras otro desde las 3:00 a. m. La playa se había vaciado. La luna era redonda como un plato espejado. “Súper luna”, dijo alguien, la primera del año. Caminé por la playa y me detuve un rato solo a mirarla. ¿Y ahora qué? Si habían bombardeado, debía haber resistencia. ¿Cuáles serían los daños? ¿Cuándo se repetiría lo mismo? Estar en guerra era escalofriante.
Pensé en mi hijo y entré en pánico. Lo que me preocupaba era el ataque externo y las repercusiones que pudiera generar sobre el estado de bienestar y, mínimamente, de derecho. Me sentí desnudo.
Ya eran las 5:20 a. m. cuando alguien dijo que habían capturado a Cilia y a Maduro. Era poco verosímil; lo había dicho Donald Trump. Si eso era cierto, había que prepararse. Mejor recoger todo. Nuevamente, mi mente apeló al sentimiento de desnudez, mía y de mi hijo. Comencé a inquietarme. Nos ordenamos en fila india: la moto adelante y tres rústicos atrás.
A las 7:00 salimos de la playa por un corto trecho empinado de suelo arcilloso y paisaje tropical que conectaba con la carretera de la costa. Allí encontramos el primer grupo de autos intentando regresar a Caracas. No se sabía si había paso, si las calles estaban tomadas por agentes de seguridad o por otros grupos.
Pasando Chuspa, paramos para que los chicos desayunaran algo; no sabíamos cómo estaría todo más adelante. La gente andaba en la calle: algunos aún dormían a la orilla del mar, ajenos a todo; otros corrían a avisar a los suyos para retornar o hacer alguna compra. Había tensión, y esta se contagiaba tan rápido como crecía la fila de compras en el abasto o la farmacia. La tensión hacía del comer una obligación. Todo se demoraba. Apenas pudimos, continuamos la ruta.
Eran ya las 8:00 a. m. Aunque el tráfico parecía fluir, nos habían alertado de intentar llegar antes de las 11:00, pues Donald Trump daría declaraciones y no se sabía qué impacto podrían tener.
Estábamos a dos horas de La Guaira, pero me quedaba una más hasta el sector de Maiquetía; había que apurar. Rápidamente salimos del serpenteo de la costa. La moto corrió adelante, a fin de anticipar cualquier inconveniente.
Las calles estaban desiertas; las casas parecían muertas. Apuramos el paso como quien se esconde. Llegamos a la zona de La Guipuzcoana. No alcancé a ver bien, pero justo al lado de la barrera del puerto, un poco más adelante de los silos, allí dentro, había caído una bomba, a unos diez metros de la vía por la que debimos haber pasado. Los chicos comentaron el impacto como quien observa desde un safari, con recelo y cierto miedo a “la bestia”. La calma se volvió más tensa. El silencio y la casi total ausencia militar acrecentaban la incertidumbre.
Quedaba pasar el sector del aeropuerto. Tomé la vía inferior, la más directa. Llegamos a casa. Sentí una profunda paz. Podía descansar. Entré, prendí el aire acondicionado, tomé el control del televisor, me eché a ver las noticias y caí rendido por el cansancio.
Más tarde desperté con la urgencia de actualizarme sobre lo ocurrido. Me quedé entonces pensando en una declaración del presidente de Estados Unidos, quien afirmaba haber seguido todo el operativo como si estuviera sintonizado en una serie de streaming. Faltaba decir: en un búnker, como en casa. Porque, de una u otra forma, ya nos estamos acostumbrando a una nueva domesticidad en guerra.




