
El retrato como objetivo general de la obra de arquitectura moderna: El Proyecto
Por Facundo Baudoin, Arquitecto, CEO de la consultora Baudoin Arquitectos C.A
He recientemente escrito acerca de la planificación como una fundamental característica del urbanismo moderno. Así también descrito como la noción de espacio público que derivada de este, se contrapone a la sinergia imprevisible de lo urbano, en la que la fricción efervescente de lo social está representada por la calle como base fundamental.
Quisiera hoy trasladar el debate a la llamada arquitectura moderna que tenía como una de sus categorías fundamentales el proyectar. Dos ejemplos:
Miremos la Casa Farnsworth, que en su prístina geometría sostiene con total elocuencia la frase MENOS ES MÁS del propio Mies Van Der Rohe. El arquitecto alemán hace del verbo la cristalización de sus ideas. Un proyecto desarrollado sobre la premisa de lo mínimo que tardará aproximadamente siete años en ejecutarse. Siendo esta la quizás la más influyente casa de la modernidad, le valdrá a Mies la perdida de una demanda ejecutada por su cliente Edith Farnsworth, que argumentaba insatisfecha, dificultad de habitar, retraso en la obra y elevado costo, entre otras cosas.
Como segundo caso, la solicitud epistolar del doctor Pedro domingo Curutchet a Le Corbusier para la realización de una casa en la ciudad de La Plata en Argentina. El arquitecto nunca visitará el terreno, el anteproyecto se desarrollará a partir de una corta correspondencia entre él y su cliente. Luego se terminará el proyecto y su ejecución a partir del mismo sistema de intercambio con participación de Amancio Williams, convirtiéndose en una obra paradigmática y en la única casa del arquitecto suizo en América. La casa resuelve las exigencias de un programa complejo, respetando casi de manera estricta los cinco principios de Le Corbusier para una nueva arquitectura y logrando si dudas que el proyecto tenga un valor espacial más allá de la función sugerida.
Tanto Mies como Le Corbusier demostraran el poder del proyecto y su capacidad de trascender del imaginario en tiempo y espacio más allá de la materia. En ambos casos las obras aspiran casi a la noción de arquetipos más que a las propias de una casa realizada para un cliente o lugar específico. Si bien es cierto que esto aplica mucho más al proyecto de Mies que al de Le Corbusier no deja de ser este segundo una propuesta rígida y poco convencional de la forma de habitar. Y es en este sentido pertinente para el debate citar a Aldo Rossi Cuando se refiere a algunas necesidades que debiera incluir el diseño de un proyecto:
“Con los instrumentos de la arquitectura, por tanto, podemos disponer un acontecimiento, al margen de que éste realmente se produzca; y ese desear ese acontecimiento tiene algo de “progresivo”, en el sentido que Hegel da al termino… Por esta razón es muy importante la dimensión de una mesa o una casa, pero no para resolver una función determinada, como creían los funcionalistas, sino para admitir muchas”
Rossi en la arquitectura, como Manuel Delgado en lo urbano, apelan a la necesidad de dar espacio a lo imprevisto, a una forma abierta para la improvisación, el accidente. Mientras el proyecto de Van Der Rohe busca lo esencial de un espacio aséptico, el arquitecto italiano propone lo inverso en una arquitectura dotada para todo accidente posible del cotidiano. En ambos casos hay una cargada línea del proyectó con mucho por transmitir a lo edificado.
A partir de esto me pregunto, ¿es imprescindible el proyectó para la arquitectura? Y antes de buscar respuesta en la propia disciplina, quisiera indagar en algunos casos del séptimo arte que han captado en este respecto mi total atención.
En orden temporal, Roma de Cuarón, Victoria de Schipper e In the mood for love de Wai han sido algunas de mis películas favoritas. Simultáneamente su esencia se ha basado en la improvisación. Ya sea por la falta de un guion escrito en su forma estricta, o por el uso del plano secuencia, todas ellas se han resuelto en la fenomenología del acontecimiento que da la improvisación. Cabría preguntarnos a qué responde esta ausencia de proyecto en su sentido estricto.
En una entrevista Alfonso Cuarón comenta que la actriz Yalitza Aparicio no sabía lo que sucedería en la escena del parto de su hijo. Sin querer hacer un spolier de la película, el director narra que su interés era crear un ambiente de compenetración con ciertos aspectos de la escena, dejando otros a la sorpresa para que el personaje experimente la explosión de lo imprevisible generando simultáneamente se actuara a la vez que se viviera en su sentido más existencial.
De otra manera, la película Victoria, trascurre como un juego de ajedrez bajo reloj, en el que una jugada se supedita a la otra, bajo la tensión de una noche que se agota. Aquí la improvisación atenta que exige el plano secuencia, no deja parpadeo al paso del tiempo, dándose sostén en la atmosfera, siempre protagonista, del espacio en movimiento.
In de Mood for Love es también una película que carece de guion. En este caso es doblemente interesante la circunstancia de su realización pues la propia película es un accidente derivado de un proyecto cinematográfico (A Story about Food), de tres historias. No fue sino hasta la filmación de las escenas de amor en la escaleras y restaurantes de fideos que el director quedo seducido por esta sección de la trama, decidiendo descartar las demás para su único desarrollo. Así se produce un film de silencios, espacios mínimos, detalles sugeridos, donde elaborados diseños, texturas y colores se conjugan en intersticios que entrelazan lo urbano con lo más íntimo y privado.
Los tres films nos llaman a perdernos como una forma de encontrarnos. Lo que no implica que carecieran de un orden o sentido, sino al contrario, de una ética de trabajo que propiciase el desarrollo abierto, si cabe el término, en cada uno de ellos. Quedaría responde entonces, ¿es posible el desarrollo de una arquitectura sin proyecto?




