ARQUITECTURA

Por la necesidad de aceras más democráticas

Por Facundo Baudoin, Arquitecto, CEO de la consultora Baudoin Arquitectos C.A

Esta Semana Santa, Alicia ha llegado a reencontrarse con sus abuelos en la ciudad de Santa Cruz. Tiene planificado ir al cine, al centro comercial, y ya ha pasado por el parque Saltarín. Con picardía, su abuelo le pregunta qué le gusta más: ¿Samaipata o Santa Cruz?
Ella, sin dudar, responde que le gustan ambas, pero argumenta con una sonrisa: “Santa Cruz más para visitar, y Samaipata para vivir, porque allá soy libre como el viento”, concluye.
Y es que Alicia recién retornó a Samaipata después de haber vivido un año en la ciudad de Santa Cruz. Volvió para poder caminar en paz, tener independencia y salir de paseo en bicicleta.
Alicia disfruta mucho de jugar intercambiando roles: propone ser hija, madre, abuela, soltera, casada, o incluso parte de familias inventadas con géneros diversos. Así, caminar con ella se vuelve toda una experiencia, mientras me conversa como si fuera mi madre o abuela, y yo su hija o madre, empujando el coche con mi bebé.
Hace un año, Alicia tuvo que dejar de jugar a roles mientras estaba en la calle, porque debía estar atenta a los autos, a la gente, y a la casi total ausencia de aceras, o a su existencia infranqueable en forma de rampas, montículos, “jardines”, maceteros, barreras, o autos estacionados de manera transversal, ocupando toda la vereda y obligándola a bajar a la calle.
Saltaba como un conejo mientras caminaba delante de mí, curiosa por lo que la rodeaba o en busca de algo que le llamara la atención.
Además, cuando llueve, es preciso no resbalarse: el piso de cerámica o porcelanato se vuelve muy peligroso. Hay que tener cuidado de no rozar los filos de ciertos elementos que adornan las macetas, sobre los que nadie puede apoyarse sin riesgo. Alicia camina agarrada de mi mano, dando zancadas largas para sortear los obstáculos. Pero esto la aburre, la cansa y, a veces, la lastima, como en esa caída inesperada que sumó más tensión a nuestros paseos.
Alicia disfruta de poder ir delante de su madre, rebotando sus trenzas con saltos diagonales, o “cargar a su nieta y conversar con su hija, de coche en mano”, mientras reciben el saludo de don Zeferino, casero de la tienda de abarrotes.
Y no es extraño, pues lo que a Alicia le gusta de Samaipata forma parte de los principios fundamentales de “La Ciudad Caminable” de Jeff Speck. Caminar debe ser útil, seguro, cómodo e interesante. Es así que se conjugan la velocidad contenida de los vehículos con aromas y sombras de galerías y árboles, que permiten la desprevención del que pasea y accidentalmente descubre un interés perdido en su deambular. Puede sonar nostálgico, en un sentido ingenuo; sin embargo, de eso se trata el diseño urbano y las políticas de crecimiento de la ciudad. Se trata de caracterizar a las mismas y establecer lineamientos que nos permitan, mancomunadamente, contribuir como células de un mismo organismo (respetando linderos, estableciendo formas y dimensiones específicas según distintos tipos de ciudad para ser implementadas por sus habitantes). De forma inversa, nos volvemos tumores que crecen de manera desordenada, afectando negativamente al organismo. Asimismo, este pensar, habitar y gestionar la ciudad es algo dinámico, como lo requiere un organismo en constante cambio.
Pensaría al respecto que, por ejemplo, si Samaipata quiere resguardar su escala y cualidades frente a una cada vez mayor y más constante migración y visitas de residentes de Santa Cruz, deberá establecer un plan de ordenamiento territorial y usos de suelo, así como el resguardo del patrimonio y la escala urbana, delimitando en su centro el acceso vehicular a favor del peatonal y el uso mixto volcado a lo público, en condiciones propicias para su mejor desarrollo.
Asimismo, resulta sorprendente que Santa Cruz no pueda gozar de una red articulada de espacios públicos de carácter cultural y lúdico, o de una buena y segura ciclovía que permita transitar de un lugar a otro. Se debe entender que la ciudad es un medio en el que sus habitantes se trasladan motivados por intereses que esta genera; que ese traslado debe ser cómodo y seguro, pero sobre todo interesante. Interesante porque esa magia que nos acerca a ciertos lugares es la que debe seducirnos una y otra vez con su carácter, para, sin agotamiento, poder volver.
Puede parecer ambicioso lo propuesto. Sin embargo, pienso que es menester empezar por algo, y nada más merecedor de ser democrático que las aceras y los brocales que limitan nuestras calles, conforman nuestras fachadas y permiten o no que la gente se una al rostro de nuestra ciudad.

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