ARQUITECTURA

El retrato como objetivo general de la obra de arquitectura moderna

Arte y cultura, parte II

Por Facundo Baudoin, Arquitecto, CEO de la consultora Baudoin Arquitectos C.A

Basta ver algún tipo de vivienda popular en el libro cultura arquitectura y diseño de Amos Rapoport para darnos cuenta la ausencia de la figura del proyecto en su sentido estricto. Llevar este planteamiento al cine, carecería de sentido, pues cada película tiene su particularidad que la ubica dentro la cultura del séptimo arte. Es decir, tiene un carácter individual, y más allá de su diciplina, puede o no trascender. En esta perspectiva ocurre lo que el arquitecto Adolf Loos a planteado como la gran diferencia entre arte y cultura.

“La casa tiene que gustar a todos. A diferencia de la obra de arte que no tiene que gustar a nadie. La obra de arte es asunto privado del artista. La casa no lo es. La obra de arte se introduce en el mundo sin que exista necesidad para ello. La casa cumple una necesidad. La obra de arte no tiene que rendir cuentas a nadie, la casa a cualquiera. La obra de arte quiere arrancar a las personas de su comodidad. La casa tiene que servir a la comodidad. La obra de arte es revolucionaria. La casa es conservadora. La obra de arte enseña nuevos caminos a la humanidad y piensa en el futuro. La casa piensa en el presente. La persona ama todo lo que le sirve para su comodidad. Odia todo lo que quiera arrancarle de su posición acostumbrada y asegurada y le abrume. Y por eso ama la casa y odia el arte.

Así ¿la casa no tendría nada que ver con el arte y no debería colocarse la arquitectura entre las artes? Así es. Sólo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenezca al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo. Todo lo demás lo que sirve para un fin debe estar excluido del reino del arte.”

No es banal, lo que el célebre austriaco perteneciente al movimiento moderno, contraviene al común de sus contemporáneos. No sólo establece una diferencia profunda entre arte y cultura. Además, establece que el proyecto, es una forma de anticipar lo que el hábito naturalmente sostiene. En consecuencia, el proyecto para la arquitectura, resulta, cuando menos innecesario, dado que la cultura sería, “aquel equilibrio entre la persona interior y exterior, lo único que posibilita un actuar razonable”. La cultura es una forma natural del habitar, que cambia paulatinamente en micro procesos que se dan dentro y al interior del aprendizaje cotidiano, y que no buscan más que el fortalecimiento del oficio como base fundamental, de la relación del hombre con su entorno. Lo que podría ser visto casi como el mismo hecho de mantener, sostener, o dar continuidad existencial, entendido al accionar del verbo como la coexistencia del rito, y el oficio amalgamado en la propia cultura.

Por otra parte, el arte sería contrario a la cultura en la medida que busca una injerencia abrupta de este equilibrio de la persona. El arte de por sí es un ejercicio disruptivo que se incorpora a la cultura sólo en la medida que esta lo acepta como parte de ese ahora nuevo equilibrio. Es por tal que su incorporación tiene que ver con todos los aspectos intrínsecos a la vida del hombre y resulta imprevisible que se pueda establecer un momento específico para su anexión. Es por esta razón que para Loos el proyecto va mucho más allá del dibujo de los planos, sino más bien a lo que su ideal global pretende. Por esta razón desdice su título de arquitecto por aquel de maestro constructor, como un oficio independiente y respetuoso de cualquier otro.

Loos hace una hipérbola de esta situación en su escrito de un “pobre hombre rico” que, en el afán de tener una obra de arte como casa, se vio esclavizado por el actuar que significa el ARTE como disciplina, para su perfecto entendimiento. El arquitecto describe una y otra vez, como se hace imposible la convivencia del arte con el cotidiano sin que este pierda su sentido.

“¿O podría usted vivir en una galería de cuadros? ¿O estar sentado meses entre “Tristán e Isolda”? En Fin, ¿Quién le iba a reprochar que recurriera de nuevo al café, al restaurante o los amigos y conocidos para reunir fuerzas para estar en casa? Se lo había imaginado distinto. Pero el arte requiere sacrificios.”

El arquitecto austriaco entendía los planos como una reproducción de lo prexistente, pues para él como para muchos, futuro como tal, no existía, más que como una palabra lo bastante ingeniosa que permitiese proyectar un pasado recurrente. El futuro como cambio surge en la genialidad del arte que prospera al convertirse en cultura, o en el brillante descubrimiento, incluso quizás el accidente que producen cambios en la forma de vida por acciones tecnológicas (como los rayo x, o el horno micro ondas). De otra manera el llamado futuro a partir de la propia cultura, no eran más que cambios en lo cotidiano como una adaptación darwiniana de la cultura.

Entonces para una visión como la del maestro constructor Adolf Loos el proyecto en el sentido categórico de la modernidad, seria imposible como parte de la cultura.

Pensemos en el medioevo, en la construcción de una catedral gótica, donde la figura del arquitecto es sustituida por la del maestro constructor, sindicatos u organizaciones de construcción. Aquí como en la vivienda popular el edificio carece de proyecto en su sentido canónico de la modernidad. Sin embargo, hay planos o metodologías constructivas y todo un saber del oficio que realizan un diseño a partir de una ética de proyectar en el presente inmediato o más bien de construir al largo plazo. Es aquí donde quizás se interceptan las visiones de Loos en referencia a la cultura y el dibujo, en el que el método y el detalle están por encima de la perspectiva. Así mismo donde el saber corresponde al oficio y no así a individuo.

Loos vería antinatural una situación como la vivida entre Edith y Mies en la casa Farnsworth para definir el carácter de una vivienda. Aun así, hoy la influencia de esta casa dentro de la arquitectura y más aún dentro de lo que el propio Loos define como cultura es innegable. No sólo en su espacialidad, metodología constructiva, sino, además, en su propia ética de diseño.

Y es que el arquitecto no negaba la posibilidad de los grandes cambios como visiones geniales e imprevisibles del futuro. Sin embargo, su postura sobre la cultura, renunciaba y se contraponía a esa visión del presente como un ocaso continuo. Así, se entiende el arte moderno, no sólo como disruptivo, contrario a las tradiciones, sino también como una obra abierta a un espectador activo, productor de un cierre del contenido generando por sus propias e infinitas perspectivas. Está será su cualidad fundamental, el reflejo difuso del pensamiento del espectador que termine el cierre de la idea de la obra para, a partir de sí mismo, poder darle inclusión en el marco de la cultura.

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